Comía en los portales de los edificios.
Tenía dos floristerías, un solárium, y trabajaba todo el día. Cuanto más trabajaba, más convencido estaba de ir por buen camino. Tardé años en entender algo simple: no estaba construyendo nada mío.
Luego cambié una sola cosa — no el negocio, no el país, no la suerte: los hábitos. Veintiún días para cambiarlos. Tres meses para construir bases. Dos años sin rendirme nunca.
Nuestra verdadera familia
Vivir sanos, ricos y libres no es un eslogan: es una elección sobre con quién se camina. Nuestra verdadera familia no es la de quien decide por nosotros desde arriba — es la de las personas que se arremangan, se dicen las cosas a la cara y no dejan a nadie atrás.